jueves, 6 de septiembre de 2012

La isla de Tahiti, la gran olvidada


Teahupoo, Tahiti, Polinesia Francesa. 
Es muy curioso que la isla de Tahiti, la mayor de toda Polinesia Francesa y sede de la capital Papeete, produzca una especie de fobia a los turistas. Todos llegan a esta tierra a través de ella, y tan pronto como pueden, cogen un vuelo interno y huyen a Bora Bora, Rangiroa o Moorea, evitando a toda costa pasar más de una noche aquí. Y realmente es una pena, pues la isla ofrece rincones espectaculares, especialmente en su interior y en el sur. Ah, eso sí: sus playas son de arena negra...ahí está la razón de la fobia.

Vista desde el espacio, un astronauta dijo que Tahiti le recordaba a un espejo de mano ribeteado de diamantes. Y es que la isla, rodeada en su totalidad de arrecife coralino, se divide claramente en dos partes estranguladas por un angosto istmo: Tahiti Nui (la gran Tahiti) y Tahiti Iti (la pequeña Tahiti). Las dos son muy montañosas. De hecho, el monte Orohena situado en Tahiti Nui, con sus 2.241 m de altura es el más alto de toda las islas del Pacífico después de los volcanes Mauna Kea y Haleakala, en Hawai. Las vistas del sistema montañoso de la isla desde el avión son maravillosas.

Aterrizo en el aeropuerto de Papeete procedente de las Gambier y alquilo un coche. Mi destino: Teahupoo, la meca mundial del surf, donde se produce la ola más alta del planeta.

Los ocasos en los trópicos duran un plis-plás. Poco después de salir del aeropuerto de Faaa (creo que nunca he visto otra palabra con tres A seguidas) y traspasar la comuna de Punaanuia, resulta que ya ha oscurecido. Lo que no me imaginaba es que tardaría tanto en llegar a Teahupoo, en Tahiti Iti, la localidad más sureña de la isla. 3 horas. Al principio el tráfico es intenso. Luego se normaliza, pero entonces comienza a llover. A todo eso, el estómago me obliga a parar para cenar algo. No sé...algo rapidito y típico tahitiano: un cheeseburguer.

A eso de las 21 h llego a Teahupoo, lloviendo, oscuro y medio perdido. La pensión, el Vanira Lodge, se encuentra al final de una pista enfangada. Me acerco a recepción, y no veo a nadie, está muy oscuro. Enfoco la casa oscura con los faros del coche mientras el limpiaparabrisas va loco de lado a lado. Me viene a la mente una escena de película de Hitchcock. 


¿Y ahora qué? Toco el claxon y al cabo de un rato aparece un niño, francés, que no tiene ninguna pinta de quererme acompañar a mi bungalow. Desde el porche me da indicaciones de dónde tengo que ir, le pregunto a qué distancia queda del parking, me dice que no lo sabe, le digo que lo averigüe, hace mala cara, se va, vuelve al cabo de un minuto. A 40 mètres -me dice con cara de haberle fastidiado sus dibujos animados preferidos. 

Tras maldecir a sus padres, que ni siquiera han tenido el detalle de salir a saludar, aparco el coche y comienzo mi escalada bajo la lluvia con la maleta, linterna a lo minero, por un camino tortuoso, con pendiente pronunciada y alternada de escalones. Por cierto, no hay cosa más ridícula que arrastrar una maleta con ruedas por un camino lleno de barro. Mi bungalow es el último, y el que está más arriba. Se llama Ofai.

Por fin llego. ¡Hombre!...original sí es: todo hecho de paja, bambú y madera, con dos niveles, muy "africano", muy "eco", sin puertas, con mosquiteras. Este es su aspecto (valía la pena).

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