lunes, 12 de noviembre de 2012

Le Grand Sud, Nueva Caledonia


Point Boisé, Grande Terre, Nueva Caledonia. Quien temprano se acuesta, temprano se levanta. Irse a dormir a las 17h el día anterior implica despertarse a las 3 de la mañana del día siguiente, fresco como una rosa. Pero si hasta las 6:30 no puedes desayunar...¿qué haces? Pues cargarte de paciencia y aprovechar "el madrugón sin esfuerzo": TV, lectura, diario, y, sobretodo, disfrutar de las primeras luces de la mañana en Nouméa.

Grande Terre, la isla principal de Nueva Caledonia, es enorme y alargada. Mide casi 400 km de largo por 50 de ancho, y las carreteras no son precisamente autopistas. Dispongo de 6 días para recorrérmela en coche, así que intento distribuir bien el tiempo.

Mi primer tramo va a transcurrir por el Grand Sur. Dormiré dos noches en el Kanua Tera, un ecolodge en la población de Port Boisé.

Al salir de Nouméa uno pronto se da cuenta de lo singular del paisaje de esta isla: las montañas verdes están plagadas de "heridas sangrientas", de brechas de color ferruginoso que la lluvia va comiéndose poco a poco. Aquí la erosión es un grandísimo problema.


El camino es sinuoso, con multitud de ríos y riachuelos rojos que cruzan la carretera, llevando la tierra rojiza al mar y eliminándola de la isla para siempre.

Es la región de Mont Doré, o Grand Sud, región rica por su minería. Nueva Caledonia alberga nada menos que el 20% de las reservas mundiales de níquel. Y es que, contrariamente a la mayoría de las islas del Pacífico que son de origen volcánico, esta tierra es un fragmento del antiguo continente de Gondwana, del que también formaban parte Australia y Nueva Zelanda hace 85 millones de años.

Prosigo mi camino hacia el sur. Al tomar una curva, me encuentro de sopetón con unas instalaciones de lo más modernas, con toda clase de torres y depósitos. Se trata de una planta de procesamiento del níquel. Indudablemente los franceses sabían muy bien lo que se hacían haciendo de esta isla colonia suya...¡el 20% del níquel del planeta,  qué barbaridad!

La carretera, a veces transformada en pista, pasa por lugares maravillosos, con vistas a la gran bahía de Prony. Predomina el tono rojizo de la tierra allá donde uno mire.

A media tarde llego al ecolodge. Cansado y con jet-lag, no me puedo creer con lo que me encuentro: un bungalow frente a una playita, en una bahía calmada y rodeada de pinos puntiagudos, y con un nido de águila pescadora en el árbol de enfrente.


Desde la terraza me paro a escuchar el suave susurro de las olas minúsculas que rompen de forma continua 
en la orilla. Esto es una maravilla, y no solo por fuera....también por dentro.

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