miércoles, 27 de febrero de 2013

La catástrofe ecológica de Nueva Zelanda



Te Anau, South Island, Nueva Zelanda


Tras otro largo recorrido desde Wanaka a Te Anau, decido tomarme un respiro y quedarme 2 o 3 noches en esta acogedora localidad. Para ello he buscado un hotel mucho tranquilo que el de ayer: el Bed and Breakfast Dunluce:



Aparte de reservar el billete para el crucero en el Mildford Sound de mañana (quizás la excursión más famosa de toda Nueva Zelanda), esta tarde me dejo caer por el Fiordland National Park Visitor Centre, donde tienen un par de takahes en un gran cercado.

El takahe (Porphyrio mantelli) es un ave no voladora parecida a nuestro calamón, pero de tamaño mayor y consistencia más pesada. Se la creía extinta hasta que en 1948 fue redescubierta en Murchison, una montaña cerca de aquí. Se calculó en unos 200 las aves que formaban ese único núcleo. A causa de los ciervos introducidos por el hombre, el número disminuyó hasta las 118 aves en 1982, llegando al borde de la extinción. Pero gracias a los programas de cría en cautividad, la especie se ha podido recuperar lentamente y en la actualidad se cuentan 350 individuos, de los cuales el 60% se encuentra aquí, en Fiordland. El resto vive reintroducido en islas santuarios, libres de predadores, distribuidas por el país.



El takahe puede que se haya salvado por los pelos, pero muchas otras especies de aves de estas islas no. Y es que Nueva Zelanda es quizás el peor ejemplo del impacto del hombre en la fauna y el equilibrio de un gran ecosistema: nada más y nada menos que 56 especies de aves han desaparecido para siempre de la faz de la tierra por el efecto del hombre en estas islas.

Esta tierra nunca conoció a ningún mamífero (excepto por un par de murciélagos). No había depredadores terrestres, con lo que muchas aves "perdieron" (mutaron) la capacidad de volar, ya que nadie las perseguía. 
Este era un mundo feliz. 

Feliz hasta que desembarcaron los primeros humanos, en 1.300 dC, llegados de la Polinesia. Lógicamente llegaron con sus cerdos, perros y ratas, y también con sus legumbres. Para poder cultivar la tierra quemaron en menos de 200 años hasta el 40% del bosque y acabaron con la existencia de 36 especies de aves, fáciles de cazar. Entre ellas se encontraban los moas, una familia de hasta 9 especies de kiwis gigantes, cuyos especímenes más grandes alcanzaban los 3,5 m de altura y 230 kg de peso. Ni que decir tiene que no volaban, claro. Tan solo en un siglo, los polinesios acabaron con todos los moas de Nueva Zelanda, de tal manera que cuando llegaron los europeos en 1769, ya no quedaba ni uno vivo, solo los relatos y algún hueso.



Los polinesios hicieron grandes estragos en esta tierra, pero es que luego, en 1769, llegaron los ingleses, que tampoco se quedaron cortos: añadieron 20 especies de aves más a la lista de extinción. Introdujeron hasta 54 especies de mamíferos que ocasionaron verdaderos estragos. Entre ellos los conejos, que pronto de transformaron en plaga. Para intentar acabar con ellos tuvieron la genial idea de traerse mustélidos de Europa, como el armiño, la comadreja y el hurón. También trajeron cerdos, erizos, oppossums, perros y gatos. Y como no, más ratas.

Pero es que el británico también se trajo su avifauna de Europa, como pensando que la de aquí era aburrida, digo yo: jilguero, pinzón, alondra, acentor, mirlo, estornino, pardillo sizerín, escribano cerillo, escribano soteño, gorrión y paloma doméstica son especies europeas que he visto a montones desde que llegué aquí. Y sigue: de Australia se importó el cisne negro y de América la barnacla canadiense, dos anátidas que hoy son una plaga. Qué horror. Y en cuanto a plantas, otro desastre: se trajeron hasta 30.000 especies diferentes, de las cuales hoy en día se han adaptado 2.166 que compiten con las originales. 
Por traerse también se trajeron hasta la hierba para sus prados. 

Como consecuencia de todos estos despropósitos, en la actualidad en Nueva Zelanda solo queda el 24,8% de los bosques y el 10% de las zonas húmedas originales: una auténtica calamidad.

Hoy todos se arrepienten de esos errores. Para ello el DOC (Department of Conservation) coloca trampas a doquier en un intento de controlar a los mustélidos que son uno de los principales malhechores en todo este asunto. Debe de haber millones de esas alimañas ahí en la maleza porque en la carretera uno se encuentra con uno muerto, aplastado por los coches, cada medio kilómetro.



Qué pena: si este país todavía sigue siendo una maravilla a pesar de tanta desgracia, no me puedo imaginar cómo hubiera sido si encima se hubiera conservado intacto.

martes, 26 de febrero de 2013

Wanaka, el reino de las actividades acabadas en -ing



Wanaka, South Island, Nueva Zelanda

Amanece despejado en Franz Josef. Las primeras luces de la mañana iluminan suavemente las cimas de los Alpes Neozelandeses llenos de glaciares.



Tras un fantástico desayuno en el lodge donde me alojo, pongo rumbo hacia el Sur. Mes esperan casi 300 km de carretera hasta Wanaka. Por el camino, una parada en Knights Point Point, y en algún que otro río:




Lago Wanaka:



Lago Hawea:



Al cabo de 5 horas llego a Wanaka, una población esparcida por el extremo sur del lago que lleva su nombre, y que vive enteramente del turismo. Después de Queenstown (más al sur) éste es el centro más importante de actividades de aventura de la isla, donde se ofrece todo lo acabado en -ing: kayaking, hiking, mountain biking, mountaineering, fishing, paragliding, rafting, jetboating, trekking, y vueling en helicóptering. Una de las atracciones principales es sin duda el Monte Aspiring (que también acaba en -ing, pero que no tiene nada que ver con la actividad de tomarse aspirinas...) que con sus 3.033 m de altura es el segundo pico más alto de NZ.




Para compensar los exce$O$ de ayer en el lodge, hoy me albergo en un YHA (Youth Hostel Association), un hostal para jóvenes (y para los no tan jóvenes). El ambiente no tiene nada que ver con el de un lodge. Aquí la media de edad raya los 25, y se oyen lenguas de mochileros de todo el mundo que viajan con un presupuesto muy bajo. Hay habitaciones compartidas de hasta 6 camas, y una gran cocina de uso común, pues los precios de los restaurantes están por la nubes.

Debe de hacer bastantes años desde la última vez que estuve en uno de estos hostales, y he notado una única gran y remarcable diferencia: todo el mundo está conectados con su smartphone o su ordenador a todas horas. Y cuando digo todos es todos. Incluso los que viajan en pareja o en grupo. Esto parece una clase de prácticas de informática. Es una pena que no pueda hacer una foto porque es realmente alucinante.

A la mañana siguiente madrugo (me espera otra larga etapa hasta Te Manau). Todavía es oscuro y el lago Wanaka está iluminado por una luna casi llena.



A las 6:30 de la mañana, en Wanaka está todo cerrado excepto un café que indica open con un neon rojo.



Entro. Hay una chica detrás de la barra con guantes de cirujía que al verme entrar me pregunta qué quiero. Mmmm...eso de la foto de ahí por 6$, scrambled eggs with cheese and bacon, please. Ah, and a coffee with milk. Acto seguido la chiquilla, que tiene pinta de no haber pasado la mejor noche de su vida, pone en marcha una especie de cadena de producción parecida a la de la seat pero de una sola persona: agarra el bocadillo, lo parte por la mitad y lo coloca en un microondas, coge una cazuelita de cartón y la rocía con aceite en spray, introduce un par de cucharadas de un huevo que ya estaba pre-revuelto y lo mete en otro microondas. Cuando suena el ring, extiende el pan y pone dos trocitos de queso pre-cortado y cuando le iba a poner el bacon me sale de dentro del alma un noooo.... mmm... without bacon please (tan horrendo era el aspecto de aquel trozo de carne lleno de colesterol). Lo envuelve todo en un papel, y en un vaso de cartón con tapón y un agujerito para beber, me pone el café. It will be 10.50$ please.

Me siento en la mesa y con cara de asco aparto el papel de aquella joya del fast-food neozelandés. Doy un mordisco y, aparte de quemarme la boca una primera vez, no le encuentro el sabor ni al queso, que ya es decir. Decido compensarlo con un sorbo de café por el agujerito. Y me pego tal quemada en todo el aparato orofaringeal que debo esprayar ipso-facto en la mesa todo lo sorbido, cual capitán Haddock cuando bebía agua pensando que era whisky. Suerte que era tan pronto que no había nadie. Al cabo de dos segundos leo en la tapita del vaso: caution, hot. No te...justo después del quemazo. Todavía en estos momentos, 10 horas después, mientras escribo esto en Te Anau, me duele la lengua.

Total que Nueva Zelanda será una preciosidad en sus paisajes y en su naturaleza, pero en lo que respecta al trato personal, a la comida, a los precios (y al café caliente) deja mucho que desear. ¡Ayyy, cómo se echa de menos aquella agradable señora de una de nuestras casas rurales que por la mañana, todavía en bata, te prepara un desayuno a base de pan con tomate y aceite de oliva, acompañado de un buen salchichón y un café con leche hecho con cariño!

lunes, 25 de febrero de 2013

El kiwi de Okarito



Franz Josef, South Island, Nueva Zelanda

El glaciar de Franz Josef debe su nombre a un geólogo alemán, Julius von Haast, quien se lo puso en honor a su emperador Francisco José (quizás más conocido por algunos como el marido de Sisi) allí por 1858. El pueblo, que también se llama Franz Josef, es el centro de operaciones de excursiones y vuelos en helicóptero a los glaciares de esta parte de los Alpes Neozelandeses, y tiene un encanto cercano a cero.




Debo decir que el turismo neozelandés estará muy bien organizado y será muy respetuoso con el medioambiente, pero en el tema de contaminación acústica se lleva un buen suspenso: durante todo el día no para de oírse el ruido de esos aparatos en el cielo, vayas donde vayas. Da la impresión de que haya pasado algo, un incendio, una emergencia, un terremoto, y que estén evacuando a las víctimas...no sé, resulta un poco estresante. Pero no, son los turistas que, haga el tiempo que haga, incluso si está nublado (!) están dispuestos a pagar sus 150$ para ver los glaciares desde el aire.

Así que decido alejarme del ruido de esas máquinas voladoras y me voy a la laguna de Okarito, a 20 km de aquí, mucho más tranquila. En el camino me encuentro con un precioso y apacible lago todavía parcialmente cubierto por la niebla matutina: es el lago Mapourika



En Okarito hay una laguna y un bosque antiguo. Allí habita una de las 5 especies de kiwi del planeta, el kiwi de Okarito o rowi (Apteryx rowi), nuevo para la ciencia como especie desde 2003. Solo quedan 300 individuos y son nocturnos, así que no espero dar con ninguno de ellos en mi "special walk" de kiwis.





Y así es, no veo ni uno...ni tampoco ningún otro pájaro. A pesar de que el Capitán Cook nombrara a estas islas como la tierra de los pájaros, aquí a menudo reina un silencio sublime en cuanto a cantos o reclamos de aves se refiere. 

No así con los insectos. Aparte de un ruido de fondo muy intenso de las cigarras, se escucha continuamente un "tip" que no adivino su origen. Al final, concentro la vista hacia donde proviene uno de los "tip" más cercanos y me encuentro con ese bicho, que lo produce a modo de "aplauso" con sus alas:


Un poco decepcionado de tan poca actividad ornitológica, decido regresar a Franz Josef y ver un kiwi de Okarito como sea, aunque sea en un aviario. Así que pago mis 30$ y entro en el West Coast Wildlife Center, donde tienen tres pollos en proceso de reintroducción.




Antes de entrar la encargada me coloca una pulsera verde en la muñeca que me da derecho a entrar tantas veces como quiera a ver los kiwis durante 24h...no sé...como si yo tuviera cara de que si no lo veo varias veces al día me pueda dar algo. Ah, y no puedo hacer fotografías. Pero sin flash sí ¿no?- pregunto convencido de que es un tema de fotones. No, sin flash tampoco - me responde la señorita- se trata de animales que van a ser devueltos a la libertad. A ver...no me cuadra esa respuesta: ¿qué tiene que ver eso con la fotografía? -le respondo. Noto enseguida como a la señorita le comienzan a subir los colores. Son la reglas -concluye. No puedo aguantarme y reprocharle que no las entiendo, pero bueno. Acato y aquí no ha pasado nada...have a nice day.

Entro en el aviario y allí están los kiwis de Okarito, bajo una luz tan débil (son nocturnos) que no hacía falta ese pique con la sargento, pues aquí uno no saca una fotografía sin flash ni harto de vino. Es más, debo hacer grandes esfuerzos para ver algo. Pero bueno, lo que sí espero que estará permitido es una foto sacada del videoreportaje...al menos para mostrar a mis seguidores qué aspecto tiene el kiwi de Okarito ¿no?

domingo, 24 de febrero de 2013

Encuentro con keas en Arthur's Pass



Arthur's Pass, South Island, Nueva Zelanda


Otro día de panzada de carretera: de Hokitika a Arthur's Pass y media vuelta hasta Franz Josef (trayecto). Pero valía la pena acercarse hasta Arthur's Pass para disfrutar de una experiencia única: pasar un rato entre keas.

El kea (Nestor notabilis) es un loro endémico de Nueva Zelanda y es el único loro del mundo que vive en habitat alpino. Se trata de una especie rara, de la que sobreviven tan solo entre 1.000 y 5.000 individuos. Durante mucho tiempo fue perseguido por los granjeros porque se pensaba que atacaba a la ovejas. Lo bueno es que la historia acabó siendo cierta: los keas picoteaban las espaldas de las ovejas y les ocasionaban infecciones. La verdad es que viendo cómo arrancaba la junta de mi ventana del coche, no me extraña nada que husmeasen entre la lana de las ovejas. Sea como sea, los keas están hoy protegidos por la ley.

Pregunto dónde verlos en las oficinas del parque y una simpática señorita me dice que casi siempre hay unos cuantos en el Viaduct Lookout, a un par de kilómetros de Arthur's Pass, que vaya allí, que seguramente me estarán esperando.

Rápidamente doy media vuelta con el coche y tomo la salida en el lugar indicado. Y allí están, una docena de keas esperando juguetear e intentar picotear lo que sea de tu coche, de tu bota, de tu cámara, de tu pelo, de tu camisa...da igual...todo!








Su curiosidad es infinita. Les atrae especialmente la goma negra de las juntas de los coches. Les encanta picotearla y sacarla de su sitio, y no sé muy bien por qué. En un momento dado he tenido que espantar a uno de ellos porque estaba literalmente arrancando la junta de la ventana de mi coche...¡y mi seguro no lo cubría!. ¿Qué seres tan simpáticos! Uno hasta ha osado flirtear con una turista alemana.


Otra de sus grandes aficiones es subirse al techo de los coches y dejarse transportar en ellos durante un buen rato.



Realmente la inteligencia y curiosidad de este animal son inauditas. Mirad este video, es acomplejante, ¡creo que alguno de los problemas no los habría resuelto ni yo! Se dice de ellos que alcanzan la inteligencia de los simios.


Así que si algún día váis a Nueva Zelanda, no os perdáis un encuentro con los keas, aquí, en el Viaduct's Outlook del Arthur's Pass.

sábado, 23 de febrero de 2013

Hokitika, en la costa oeste de la Isla Sur




Hokitika, South Island, Nueva Zelanda

Hoy ha sido un día básicamente de carretera: desde Collingwood (el extremo N de la Isla Sur) hasta Hokitika (en la costa oeste), un total de 466 km. Por suerte el primer tramo lo hago acompañado de una chica italiana que que he recogido en la carretera haciendo auto-stop. Muy interesante: lleva tres años fuera de casa, viajando por Australia y Nueva Zelanda, trabajando de vez en cuando. Tiene billete de vuelta para el 28 de febrero, y no tiene ningunas ganas de regresar al sistema. Cuando llegue a Italia se irá a vivir a una cabaña en un árbol. Hay gente para todo.

A medio tramo me paro en el lago de Rotoiti, dentro del Parque Nacional de Nelson Lakes. Allí he podido ver por primera vez un tui (Prosthemadera novaeseelandieae)
, ese pájaro tan curioso endémico del país que luce una especie de pajarita blanca y un collar de bridas.



El tramo final de Westoport a Hokitika transcurre por la costa oeste con vistas impresionantes que se suceden una detrás de otra.



Por suerte me he traído unos cuantos CDs de casa con lo que puedo escuchar mi música preferida en el coche: Cabo Verde, cómo no. 


Exhausto tras tantas horas al volante llego a Hokitika a eso de las 6 de la tarde. El Bed & Breakfast que había reservado, el Teichelmann's, resulta ser una maravilla. Frances and Brian, los señores de la casa son muy agradables y super atentos. Me explican que la casa perteneció al montañero, fotógrafo y conservacionista Dr. Ebenezer Teichelmann y que la utilizaba como centro para consultas médicas de esta población en 1910. A mí me asignan la habitación Mary's room, que en su día fue la biblioteca de esta especie de ambulatorio. 

Tengo hambre. Francis me aconseja ir a a cenar al Café de Paris, justo al lado de la casa. Qué gran consejo: ¡por fin comida buena!




Al acabar me doy una vuelta por el pueblo. Una vez más, su construcción me recuerda a los pueblos de las películas de vaqueros. Hay edificios curiosos que seguro reflejan una historia peculiar. Brian me explica que Hokitika fue fundada en 1864 y que fue la capital de la fiebre del oro de la isla. Acogió a nada menos que 20.000 buscadores de oro venidos de todas partes.




Cerca del paseo marítimo, las gaviotas plateadas neozelandesas (Larus scopulinus), endémicas del país, merodean siempre cerca de la gente esperando algún regalillo de los transeúntes. Es interesante observar su comportamiento, rebosante en signos de lenguaje corporal.




Hokitika está localizada en la playa, junto a la desembocadura del río del mismo nombre donde los buscadores de oro debieron de pasar innumerables horas filtrando arena.  Por desgracia, su playa no es muy acogedora: arena gris, llena de troncos y aguas turbulentas. Por ahora, Nueva Zelanda no está destacando por sus playas, que digamos.



Al la mañana siguiente Francis ha preparado una estupenda y acogedora mesa de desayuno.



De repente, entre tostada y tostada, los edificios de afuera adquieren una luz excepcional. Le digo a Francis que salgo un momento a fotografiarlos y, contagiado del entusiasmo, me sigue él también con su cámara. Valía la pena la interrupción: fijaros qué luz. Ha durado 5 minutos escasos.




viernes, 22 de febrero de 2013

Farewell Spit, un banco de arena de 30 km de largo



Collingwood, South Island, Nueva Zelanda

La pequeña aldea de Collingwood se encuentra en la punta noroeste de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Se trata de un antiguo pueblo de buscadores de oro, construido estilo western, entre marjales y marismas. La verdad es que el lugar tiene su encanto.



Aquí solo hay un sitio donde alojarse, el Park Motel, y el único interés de llegar hasta aquí es que el lugar es el centro de operaciones de visitas al Farewell Pit, un enorme banco de arena de 30 km de largo y 2 de ancho que se extiende al este del Cabo Farewell, y que en el mapa recuerda al pico de un kiwi.



Una compañía, la Farewell Spit Eco Tours, organiza salidas en autocares 4x4 hasta el final del banco, donde hay una colonia nidificante de 4.700 pares de alcatraces australianos (Sula serrator). El tour dura 6,5 h. No hay otra manera de llegar hasta allí si no es con ellos porque, entre otras cosas, está prohibida la entrada a particulares. Así que, mal que me pese porque lo encuentro muy caro, pago mis 100 euros y me apunto al tour.



El conductor-guía, como no podía ser de otra manera, es chistoso en sus comentarios y anécdotas. Nunca he encontrado uno que no haga bromitas por el micrófono. Y lo bueno es que, aunque nosotros no nos demos cuenta, cada día de su vida debe hacer los mismos chistes.

El Farewell Spit es un banco de arena geológicamente muy joven. Se calcula que tiene tan solo 3.000 años de vida, un abrir-y-cerrar de ojos a escala geológica. En marea alta es un dedo de 27 km de largo y 2 km de ancho, pero en marea alta la anchura crece hasta los 8 km. El pico de kiwi se transforma más bien en un pico de pelícano.



Ese vaivén de aguas ocasiona que las aves limícolas encuentren aquí un lugar ideal para pasar su invierno ártico. Así que esto se pone a rebosar, sobretodo de agujas colipintas (Limosa lapponica), donde llegan a sumar hasta 20.000. Aparte, también abunda el ostrero variable, ave local de la región y el alcatraz australiano, que aquí tiene esa enorme colonia reproductora que os hablaba antes. No tengo fotos de ellos, porque, entre otras cosas, la visita a la colonia está restringida. Así que os mostraré fotos de las dunas y del faro que hay en la punta.







 

El tour acaba en el impresionante cabo Farewell, el punto más al norte de la Isla Sur.



El trayecto que separa Collingwood del Farewell Spit tiene también su encanto. El bus no hace paradas por aquí, así que me acerco yo después, al atardecer, tranquilamente a mi aire y con mi coche. ¡qué paz y qué tranquilidad! y sin turistas.






Y para acabar el día final, una bonita postal desde Collingwood: